-Dejé sin cerradura la puerta que da a la entrada trasera de la casa. Los he visto en el cielo.
Dejó Caer el tejido y me miró con sus graves ojos impresionados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces – dijo recogiéndose las agujas – vamos a recibirlos.
El momento había llegado, la espera había sido larga. Desde pequeños nos habían dicho que llegarían un día cualquiera, el día menos esperado.
El Viejito Pascuero y su ejército, duendes y renos, habían entrado por la chimenea de nuestra monumental casa. Nosotros no sabíamos cómo reaccionar, nuestros sueños de infancia se comenzaban a concretizar.

Se veía idéntico al de las etiquetas de la Coca – Cola, que venden en navidad. Era alto, muy alto.
*Tenía una barba larga, tan larga que su rostro se veía enrojecido todo el tiempo debido a que ésta lo acaloraba.

Fue ahí cuando, enfadado dejo sus cosas de lado y se acerco a nosotros. Con una cara de enojo nos dijo: “Estoy aburrido de todo esto, años con el mismo trabajo y nadie me agradece nada, ustedes se harán cargo de esto.

Fue así como con Irene nos pusimos nuestros trajes rojos e iniciamos una nueva hazaña.

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